Instinto Lógico

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La (in)dependencia de los tres poderes

justiciaEn la escuela aprendí que el Estado estaba formado por tres poderes que tenían que convivir juntos, pero vivir de forma independiente.

  • El poder legislativo: capacidad de hacer leyes.
  • El poder ejecutivo: capacidad de poner las leyes en práctica, es decir, capacidad de gobernar.
  • El poder judicial: capacidad de juzgar si las leyes se cumplen o no y aplicar sanciones cuando sea necesario.

En la escuela también aprendí que la grandeza del barón de Montequieu se debía a la idea genial de la separación de los poderes que le inspiró su obra El espíritu de las leyes. Allí describe la división de los poderes del Estado y promueve que el Parlamento se encargue del poder legislativo, el Gobierno del ejecutivo y los tribunales de justicia del judicial.

Hoy, cuando me vienen a la memoria aquellas enseñanzas escolares, me doy cuenta de la utopía que encerraban las palabras de mis antiguos maestros. Porque hoy, los tres poderes son de todo, menos independientes. Y ¿por qué? Pues sencillamente, por lo que se llama disciplina de partido y por la forma de elegir a los miembros del Tribunal Supremo.

Y mis maestros seguirían diciendo: “en una sociedad que pretenda ser justa, tan importante como tener los tres poderes es que sean independientes”. Efectivamente, la independencia de los tres poderes es lo único que puede garantizarnos un sistema de libertades públicas justo y coherente.

Pero si los poderes ejecutivo, legislativo y judicial recayeran sobre la misma o las mismas personas nos encontraríamos ante un régimen autoritario. Precisamente eso es lo que está sucediendo ahora. En estos momentos las personas que redactan las leyes, las que las ponen en práctica y las que sancionan por su incumplimiento son las mismas. Como consecuencia estamos perdiendo el derecho a una segunda y tercera opinión. La pérdida de la independencia de los poderes se ha ido haciendo de una forma tan sibilina que los ciudadanos casi no nos hemos dado cuenta.

El poder legislativo y el ejecutivo han perdido su independencia, sobre todo, a causa de la disciplina de partido. Los miembros de un partido político, en particular los que forman parte del Congreso, no legislan con ideas propias, lo hacen siguiendo las pautas del partido. En el caso del partido gobernante, se mezclan el ejecutivo y el legislativo. Como consecuencia, los diputados no legislan para defender a los ciudadanos que los han elegido, sino que lo hacen para el partido.

Pero pese a la unión sin solución del legislativo y el ejecutivo, nos quedaba la esperanza de la independencia del poder judicial. ¡Pues, no! Últimamente, ni eso. Los juzgados de instrucción cuando tratan temas cotidianos sí que son independientes del gobierno de turno. Pero las cosas cambian cuando se trata del Tribunal Supremo.

El Tribunal Supremo está compuesto por un presidente y por un número indeterminado de magistrados todos ellos nombrados por S.M. el Rey, a propuesta del Consejo General del Poder Judicial. A su vez los miembros de dicho consejo son elegidos por el Parlamento y nombrados por S.M. el Rey. En definitiva, los miembros del Tribunal Supremo son elegidos por el Parlamento de manera indirecta.

En resumen, nada de lo que me enseñaron en la escuela se lleva a la práctica. Hoy en nuestro país son las mismas personas las que hacen las leyes, las que ponen en funcionamiento y las que eligen a los jueces. Hoy los tres poderes están más unidos que nunca con todos los riesgos que ello conlleva. Entonces, ¿De qué tienen miedo nuestros gobiernos? ¿Por qué no constituyen un Tribunal Supremo por oposición o por méritos laborales?

Bueno, pero que no cunda el pánico, porque, afortunadamente, podemos cambiar a quienes manejan los tres poderes cada cuatro años. Aunque cada nuevo Gobierno nos vuelva a dar más de lo mismo.

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